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El relato costarricense (1930 – 1970)

Artículo escrito por Gina Montenegro

 

Caminando por estos maravillosos lugares a donde me lleva la literatura, me encontré un libro llamado Antología del Relato Costarricense, ahí se exponen cuentos de aquellas personas que obtuvieron un premio Aquileo J. Echeverría entre 1930 y 1970, es un libro editado por la Editorial Universidad de Costa Rica.
Este libro me ha hecho caminar mucho, pero caminar como nuestros abuelos, caminar despacito por los rincones de una Costa Rica tranquila, caminar admirando el paisaje, con paso reposado, disfrutándolo.
Empecé mi caminar de la mano de José Marín Cañas (1904-1980) allá en la Isla de San Lucas y sentí la ansiedad de un hombre por volver a su hogar, un hogar en que le esperaba su mujer y un hijo al que no conoció… Mientras nadaba en las aguas infestadas de tiburones, con los músculos a punto de colapsar, pensaba en su pequeño hijo… su “chacalín”, y adquiría fuerzas de donde no había… corrió desde la costa hasta Cartago y logró llegar, cansado, apaleado… con las ropas desgastadas pero con la sonrisa en su labios esperando ver a aquella carita y preguntándose.. “se parecerá a mi”; llegó en la noche y lo vio por la ventana durmiendo… cuando el inocente abrió los ojos, no pudo evitar atravesar al pobre cholo con sus ojos azul cielo… igualitos al del hombre que mató cuando lo llevaron a prisión.
Después de esta desilusión seguí caminando y me encontré con un cuadro que representa a la madre costarricense, una madre que espera, que lucha y que ve en cada hijo lo que es realmente… esa madre que sabe. La mamá que sabe lo que su hijo no se atreve a decirse ni siquiera a si mismo pero que esta al descubierto a los ojos de su progenitora. Este paisaje lo pinto con palabras Carlos Salazar Herrera (1906-1980) .
Mientras me encontraba aun en reflexión ante esta escena, un viento huracanado me envolvió y Fabián Dobles (1918 -1997) me llevó a la finca Santa Eulalia, donde Mamita Maura había decidido morir el día lunes a las 12 pm. Era un fiestón, de esos en que se encuentra toda la familia, los primos y los tíos, los sobrinos y los nietos. Mamita Maura organizó la pachanga, digo, el velorio, con abundante chicha y tamales… con bailes y rezos. Cuando llegó el lunes y tuvo que levantarse de la caja, entre enfadada y risueña, los mandó a todos a celebrar los nueve días, con más fiesta, con chancho y bombetas. Fueron noches de fiesta y días de trabajo, ya que Mamita Maura aprovechó que estaban todos sus hijos y nietos para arreglar la finquita, “palear, deshijar, descumbrar y aporcar las catorce manzanas del cafetal que jefeaba Mamita”. No, no se murió la doñita.
Julieta Pinto (1922) me saca de la fiesta y me trae a la ciudad, recordándome la historia cíclica de todas las mujeres… en este caso, de la mujer tica, la que espera en la casa al hombre borracho, la que tiene que ver de dónde saca para comer, la que debe “jugársela” a como pueda, mientras las vecinas le dicen que buen hombre es su marido. Me encuentro a esta mujer en una casa interesante, llena de gente (principalmente mujeres) esperando cita.. pero no cita con doctor, sino con la clarividente, para quitar un mal de ojo. Escucho anécdotas de las maravillas de la visionaria que solo cobra cinco pesos la consulta… pero a esta mujer le roza la mano y le devuelve la plata… ya no lo necesita, asustada, camina por las calles y cuando se acerca a su casa ve un montón de gente apretujada en la entrada… adentro solo acierta a ver a sus hijos lloran y al marido tirado en el suelo. Fue una cazadora, le dijeron…
Sigo paseando, y Rima Rothe de Valvona (1931 -1997) me enseña otra escena muy corriente en nuestros días… “La cosecha de pecadores”, donde me encuentro a un pastor que, al contrario de muchos que estudian y tienen buenas intensiones e, igual que otro montón que están haciendo plata a costa de la culpa de los demás, se hace millonario pagando 500 pesos a cada acólito que le traiga a un pecador para que trabaje en sus mies. Y ahí estaban trabajando, cosechando las tierras del señor (ojo con minúscula porque hablo del pastor), hasta que éste desapareció con sus cuentas bancarias a reventar y el gozo de sus propiedades en el bolsillo.
Muchos relatos para contar, muchas escenas que ver y sentir… No puedo relatar todo lo que vi o lo que sentí, no obstante, como común denominador encuentro en los cuentos de esos años, espejos de lo que hoy sucede, buenos y malos… seguimos dando vueltas, seguimos buscando….

Una respuesta para El relato costarricense (1930 – 1970)

  1. Lizzy Orlich Responder

    17 diciembre, 2011 en 5:25 PM

    Me encanta, l@s felicito. Espero con gran interés el próximo artículo

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