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¡Paren el fuego!

José Figueres Ferrer

(1906-1990)

En nuestra guerra de Liberación Nacional de 1948, se puede afirmar que sólo faltaron submarinos para que se usasen todos los recursos bélicos de la época, en miniatura.

Durante un viaje de inspección al Campamento de San Isidro de El General, me tocó presenciar nada menos que un bombardeo aéreo a una ciudad abierta. Abierta quiere decir que no estaba defendida por cañones, ni baterías antiaéreas, ni fortificaciones. Solamente por el valor.

Jose Figueres2Cuando nos disponíamos a almorzar en paz todos –tropa, oficiales y Comandante– en el “Plantel” de la Carretera Interamericana, que habíamos ocupado sin permiso, sorpresivamente apareció la aviación enemiga. Dos avioncitos de no sé qué tipo daban vueltas sobre la ciudad y el Campamento, dejando caer por las puertas del aparato unas botellas de acero de las que se usan para oxígeno, del tamaño más grande. Las “bombas” estaban llenas de pólvora negra, tuercas y tornillos herrumbrados, y toda clase de recortes de metal. Se dijo que eran invento de un señor Masegosa, muy allegado al gobierno de entonces, y excombatiente en la Guerra Civil española.

Las enormes botellas explosivas se veían bajar por el aire durante unos instantes, y, según la dirección que llevaran, la gente civil les huía. Así había sucedido un siglo antes en la guerra entre San José y Cartago, cuando ambas ciudades se disputaban la capital de la República. Desde el Alto de Ochomogo los josefinos disparaban su cañón encendiendo la mecha por detrás, y los cartagineses gritaban: ¡Apártense, muchachos, que ahí viene la bala grande!

Muchas cosas sucedieron durante la Campaña de 1948, que no se prestan a bromas sino a lágrimas. Pero es cierto que durante el ataque aéreo a San Isidro, sólo una bomba dio en el blanco, o al menos en algún blanco: cayó de casualidad sobre una pequeña pulpería deshabitada, y no dejó ni una caja de fósforos intacta.

Olvidando el almuerzo, y el peligro, nuestros soldados tiraban a los aviones, en serio. Tiraban con rifles Mauser, pero no alcanzaban la altura de los atacantes, que se jugaban la vida constantemente, un poquito más arriba de la balacera.

La altura era una de las causas de la mala puntería de los aviadores. Y las bombas se les iban gastando en vano, después del vuelo desde San José hasta San Isidro, que no era corto para aquellas naves pequeñas.

Los pilotos necesitaban bajar más, aun aumentando el peligro de Jose Figueresque nuestra riflería los alcanzara. Y nosotros necesitábamos que bajaran un poquito, para poderles pegar, aunque con eso mejoraran ellos su puntería, y nuestro riesgo.

Pronto imaginamos una manera de hacer bajar los aviones, y ponerlos a nuestro alcance. Ordenamos parar el fuego de los Mauser, y sigilosamente subimos una ametralladora de trípode al árbol más alto, amarrándola junto con el operador, con pedazos de mecate, a las ramas de la copa. La máquina de calibre 30 tenía más alcance que los rifles, y disparaba más tiros. Además tendría, como digo, su blanco más cerca, más bajito.

¡Dicho y hecho!

¡Paren el fuego! ¡Paren el fuego!, hubo que gritar muchas veces. Pero un ejército de patriotas voluntarios no suele ser muy disciplinado. Y en todo caso, una de las órdenes más difíciles de acatar es la de parar el fuego, cuando ya la gente ha entrado en calor. Yo había tenido ya esas experiencias durante la batalla de San Cristóbal Sur, cuando vi que trataba de venir hacia nosotros un muchacho de Frailes, prisionero de la fuerza gobiernista, con bandera blanca. Fue casi un milagro impedir que lo mataran.

Pero el problema se complicó en el bombardeo de San Isidro porque, cuando yo ordenaba que pararan el fuego, un soldado nuestro bien escondido no sé donde, gritaba: ¡dénles pija, muchachos!, cuantas más bombas de esas caen, ¡Más-se-goza!

Por fin nuestra ametralladora del árbol no tuvo oportunidad de disparar. A las avionetas se les acabaron las bombas, y se tuvieron que ir de regreso a San José sin hacernos ni un rasguño. Misión cumplida, misión perdida.

Tocaron las cornetas al son de “terminó el peligro”. Muchos de nuestros hombres que estaban tirados boca abajo en las zanjas preparadas antes, se incorporaron, y casi fue innecesario dar la orden de almuerzo.

Pero entonces me buscó en carrera doña Andrea Venegas, la heroica Jefe de Cocina, que aún vive, y que Dios la conserve un siglo más, con una noticia peor que la venida de los aviones enemigos. ¡Por el momento no había almuerzo!

“Cuando usted ordenó tantas veces que apagáramos el fuego, y que apagáramos el fuego, le echamos baldes de agua a los fogones”.

Así nacen los ejércitos.

Nota de la redacción: Doña Andrea Venegas, nacida el 3 de marzo de 1890, educadora y mujer de armas tomar, nació en la ciudad de San José. Participó en tres guerras o movimientos bélicos. Luchó contra la dictadura de los hermanos Tinoco, allá por 1919, formó parte de las fuerzas que defendieron la soberanía nacional cuando tropas de Panamá invadieron territorio costarricense, en 1921, y luchó al lado de don Pepe Figueres en 1948. Incluso, en esta última gesta, fue intendente de 500 soldados revolucionarios en San Isidro de El General. Una vez concluido el conflicto bélico, fue condecorada por el mismo Figueres y nombrada capitana del ejército costarricense que poco tiempo después fue disuelto para siempre. Esta mujer –única en la historia de Costa Rica- falleció el 25 de julio de 1984 en la ciudad de Puntarenas.

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