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Moda actual con diseño indígena en México

Redacción Mujereshoy

 

Toda su vida, Josefina Jiménez dedicó su trabajo diario al tejido de coloridos ponchos y tapetes adornados con dibujos típicos de las tribus indígenas mexicanas, hasta que decidió seguir los pasos de diseñadores de marcas europeas como Giorgio Armani o Coco Chanel.

Josefina, quien comparte una reciente formación de diseñadora de modas con unas 250 indígenas de los sureños estados de Oaxaca y Chiapas, así como del norteño estado de Chihuahua, aún conserva su oficio tradicional de textilera, pero ha aprendido a diseñar, coser y combinar colores para adaptarse a la moda “occidental” y así mejorar las ventas.

Como resultado, de los tapetes y los ponchos, mejor conocidos en México como sarapes, pasaron a las minifaldas, las bufandas, carteras para el hombro y para la cintura, todo elaborado con algodón y pinturas naturales.

Pero como siguen fabricando todas las prendas a mano y en pequeñas cantidades, cada una es única y puede venderse como un artículo “de élite” a un precio tres veces mayor al de una falda común, según Emilienne De León, promotora del proyecto.

Al igual que la ropa de los grandes diseñadores, cada prenda lleva una etiqueta con el nombre de las nacientes creadoras mexicanas, agregó la promotora, quien dirige la organización civil Semillas dedicada a promover varios proyectos productivos para mujeres mexicanas.

“Estamos buscando colocarlas en nichos de mercado que signifiquen diseño desde las texturas, los colores, nuevas combinaciones, para que vendan en mercados más especializados que les den mayor valor agregado y no las pongan a trabajar como locas”, explicó De León.

Entre las estrategias de apoyo a los proyectos como el de la costura “a la moda” entre indígenas, Semillas abrió una tienda en la que acaudaladas donantes llevan ropa que ya no usan de marcas como Versace, Chanel y Armani para venderlos desde unos 10 dólares, aunque podrían ser vendidos hasta diez veces más caros.

La idea con esta tienda es recaudar fondos para el proyecto y utilizarla como punto de atracción para mostrar algunos diseños de las mujeres indígenas.

Las ventas han funcionado suficientemente bien para recuperar la inversión por la apertura de la tienda, ubicada en un céntrico barrio capitalino, y para diciembre empezarían a tener utilidades que serán destinadas a ampliar el proyecto, según De León.

El proyecto textil forma parte de una cartera de propuestas con las que Semillas pretende que las indígenas cubran sus necesidades económicas básicas para que tengan tiempo de preocuparse por sus derechos humanos.

Los indígenas mexicanos, que son un 10 por ciento de la población, viven en su mayoría en el campo, en condiciones de pobreza extrema, sin alimentos, servicios de salud ni empleos.

Las mujeres mexicanas, que son poco más de la mitad de los 104 millones de habitantes del país –una nación tildada de machista–, son uno de los grupos más vulnerables a la discriminación y maltrato, delitos que no denuncian porque desconocen sus derechos humanos.

De su pueblo ubicado en el empobrecido Oaxaca, Josefina y otras mujeres de su comunidad viajaron hace tres años a la capital, acompañadas por un par de diseñadoras mexicanas, para conocer el tipo de productos textiles que se venden más.

En el caso de las indígenas tarahumaras de Chihuahua, el proceso fue un poco más lento debido a que sólo se puede llegar hasta su comunidad en avioneta y no fue fácil convencerlas de viajar a una ciudad cercana para visitar grandes almacenes.

“No todas quieren salir de sus comunidades. Hay que respetar el ritmo del grupo y su concepción de éxito”, dijo De León.

Con la idea clara de lo que es una minifalda y una cartera, sólo les faltaba poner manos a la obra, pero entonces sólo sabían producir un telar de algodón, unirlo por uno de los costados y hacerle un hueco para meter la cabeza para hacer un sarape.

Tuvieron que aprender a dibujar el diseño sobre el telar, decorarlo, cortarlo y coserlo. Además, crear nuevos dibujos para evitar bordados típicos como los de pajarillos autóctonos, para lo cual fueron capacitadas por diseñadoras mexicanas.

“Ellas bordan porque es parte de su quehacer diario, hacen artesanías porque es parte de sí mismas”, dijo De León.

Las comunidades se dividieron en grupos de diseñadoras, tejedoras y costureras y las líderes recibieron un curso de administración, contabilidad y liderazgo para conducir su nueva empresa y aprovechar sus ganancias.

Ahora Josefina es líder de una cooperativa de artesanas textiles en su natal Teotitlán del Valle, que inició en 1995 como un taller austero que no tenía dinero ni para comprar el hilo para la producción.

“Ellas hacen sus propios diseños porque no nos interesa poner en manos de las diseñadoras de acá (de la capital) a las artesanas”, dijo De León.

En una especie de debut en las pasarelas, las indígenas presentaron en un desfile de modas sus primeras creaciones: en un mismo telar, decorado con varios colores y dibujos diferentes, dibujaron los moldes para una minifalda, la chaqueta y la cartera combinables.

Ahora ya hay una pequeña serie de ropa lista para la venta, como una falda decorada con muñequitas despeinadas que en la parte inferior de la prenda aparecían con sus cabellos acomodados, en espera de ser vendida en la tienda de alguna diseñadora mexicana.

Sin embargo, a tres años de haber iniciado el proceso, aún requieren de la asistencia de las diseñadoras de la ciudad y eso limita su producción a unos cuantos modelos, explicó De León.

“Es un proceso a cinco años. No estamos en la posición de que puedan producir, diseñar y salir (al mercado). Creo que en un año más estaríamos en condiciones de hacerlo, estamos buscando dinero para seguir apoyándolas”, expuso.

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